Abril 1, 2008
Mi Radiola TV
A mí me gustaba el VH1 de los ochenta y el MTV de los noventa, pero ahora que estoy insatisfecho con la mayoría de canales musicales que ofrece el mercado televisivo, me quedo con uno que recientemente supo conquistarme por sus videos prodigiosos, Radiola TV. Este canal, que antes formaba parte de los medios de la bien vendida compañía colombiana Cablecentro (la que en su momento reemplazó con sistemas cableados a las entrañables antenas perubólicas para entrar a competir con TV Cable) y que ahora pertenece a la empresa mexicana Telmex (la que compró a la reemplazante de perubólicas y a la que fuera su competencia), tiene veinticuatro horas de programación casi ininterrumpida que pueden llevarlo a uno a la erudición en cuanto a géneros musicales tipo carrilera, norteña, despecho, ranchera, carranga, llanera, etc.
Con los videos de Radiola TV descubrí, por ejemplo, que en Colombia no solamente existe una monarquía del despecho sino también toda una nobleza del mismo. Porque Darío Gómez sigue siendo indiscutiblemente el rey, pero Jhonny Rivera bien puede ser el príncipe, Giovanny Ayala el conde de los Llanos y Karina la princesa de Villavicencio, sólo por nombrar a algunos de los que para mí son los jerarcas del género. Además de este hallazgo he venido reconfirmando que, aunque Colombia no es México ni viceversa –pese al sofisma que telenovelas como Pasión de Gavilanes y Madre Luna han incubado en el inconsciente colectivo de sus televidentes–, hay en el país suramericano cada vez más cantantes parecidos a los del norteamericano. Artistas con sombreros vaqueros que en medio de bucólicas escenas de caballos, fogosas damiselas, carros engallados y borracheras pertinaces, desbordan su lirismo mero macho tratando los temas que desde la antigüedad son inherentes a las artes nobles, es decir, el amor, la vida y la muerte.
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Sin embargo, aunque el paisaje, la fauna, las costumbres y los ademanes de ciertas regiones de Colombia posibiliten el escenario idóneo para llevarla a cabo, los artistas de este país no hacen en sus videos una imitación deliberada de los mexicanos. Aparte de la marcada afinidad social y cultural que siempre ha existido entre las dos repúblicas, tanto los cantantes colombianos como los realizadores de sus videoclips se apuntaron un logro que en cambio no han conseguido hasta el momento ni las telenovelas mencionadas anteriormente, ni la actual diplomacia latinoamericana. De modo eficaz, algunas de estas producciones colombianas eliminaron las divergencias entre los pueblos y hermanaron definitivamente a Colombia con México en una suerte de teleamalgamas donde ya no hace falta distinguir si los figurantes provienen de una u otra nación. Lo propio deberían hacer otros músicos y productores colombianos con Venezuela y Ecuador, por ejemplo.
Imagino un video de música llanera en el que sea innecesario precisar si el cantante está parado en llano venezolano o colombiano, si el ganado que pasa por detrás de los músicos fue marcado a uno u otro lado de la frontera, o si la amazona que cabalga su potro cautivando a los artistas es catira o mona teñida. Anhelo un clip de música andina que presente a los televidentes una alineación de artistas ecuatorianos y colombianos interpretando “El cóndor pasa”, pero la versión de Simon & Garfunkel, así se matarían tres pájaros de un tiro (calma activistas que el cóndor que pase en el video, si es que se consigue alguno, no va a correr ningún peligro diferente de aquel en el que ya se encuentra), a saber: Colombia se reconciliaría de una buena vez con Ecuador, estrecharía aun más los lazos con Perú por la interpretación de un tema de su folklore y, lo más importante, dejaría contento al mundo anglosajón por haber elegido su lengua para llevar a cabo este gesto diplomático. Pero para qué perder el tiempo soñando con lo que podría hacerse si en la realidad se cuenta con obras como esta:
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De los más rotados en Radiola TV, “El borracho” podría parecer para un telespectador desprevenido, o para uno que no sea ni colombiano ni mexicano, un video más de cualquier banda norteña de México; pero no, se trata del Grupo Tigrillo de Bogotá. No obstante, incluso ignorando este dato se puede comprobar que la producción es colombiana por los planos exteriores que evidentemente fueron tomados en algún pueblo del altiplano cundiboyacense (¿Sogamoso, Soacha, Choachí?), por la botella de Aguardiente Néctar que se alcanza a ver sobre alguna de las mesas del bar y, desde luego, por la jerga colombiana del cantante (“se tira la fiesta”, “anda bien pela’o”, “la va a embarrar”). De todas maneras, las precisiones y demostraciones están de más cuando uno se percata de que el cortometraje lleva implícita esa intención conciliadora de la que se hablaba líneas atrás. Lo que sucede es que en este caso se alcanzaron niveles inusitados, razón por la cual, en materia de sincretismo cultural, “El borracho” es según mi entender la pieza más ambiciosa de toda la producción audiovisual colombiana que se ha hecho hasta hoy. Porque este video, más allá de aunar elementos colombianos y mexicanos para presentarlos bajo una sola forma, muestra la conciliación de las dos culturas en medio de una escenografía particular: el local de una peña taurina de cuyas paredes cuelgan varios retratos de matadores y picadores, un capote de brega, algunos carteles de corridas y encierros, y como no, la bandera de España con el toro de Osborne. He aquí entonces el alcance sincrético de “El borracho”; más que mexicana o colombiana esta obra de arte es hispanoamericana y su moraleja está clara: sólo si los hermanos superan sus diferencias podrán coexistir en armonía al amparo de su madre (patria).
Alguna vez creí que una de las escenas que mejor ilustraba el concepto de globalización –aparte de la escrita por Gabriel García Márquez, la del chino que leía la Biblia bajo un palo de mango en Barranquilla– era la del turista inglés cachetirrojo que, sentado en una terraza de La Rambla de Barcelona, comía paella de paquete preparada por un paquistaní, mientras bebía una sangría de tetrabrick y observaba con fruición el sombrero mexicano que acaba de comprar en una tienda de souvenires típicos de la capital de Cataluña. Me temo que ésta ha sido rebasada por la del video que, rodado en un bar cundiboyacense consagrado a la tauromaquia, enseña a la impávida teleaudiencia una banda bogotana que hace música típica de una región del norte de América. Esto se lo debo a mi Radiola TV.